Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Un excursionista encontró la cueva más buscada a finales de 2007. Gracias a sus cálculos y a su intuición que nunca fallaba, había dado con ella. Llamó a las autoridades para decir que había encontrado en su interior tres esqueletos: el de un adulto, el de una bestia difícil de catalogar y el de un niño.

Los tres permanecían tendidos cubiertos por el polvo y escondían una entrañable historia, que hoy no sería contada si no fuera por el viento, que entró en la cueva y se llevó los rumores hacia el bosque. Lo acontecido allí no tardó en convertirse en leyenda.


Año 1985

—Tiene que ser aquí.

—¿Vas a quedarte en la entrada como una estatua? —preguntó Tobías y tiró de su chaqueta.

—Ya voy.

Entraron en la cueva que se ensanchaba conforme entraban. En medio de ella, había una frase. El niño, que hacía poco que había aprendido a leer, la leyó asombrado: «Contra todo tu mal, el dragón actuará».

Tobías suspiró porque el mal lo conocía bien a su corta edad y se sentó en un pequeño asiento de piedra para esperar al dragón. Tras unos minutos, una oscura figura apareció y se fue acercando lentamente a ellos.

—Papá, tengo miedo. ¿Hay lagartijas?

—No tenemos nada que temer.

El dragón les observaba sin mediar palabra. Asistiría a una pequeña escena familiar.

—¿Nos quedaremos a vivir aquí? —preguntó el niño al cabo de unos segundos en los que se atrevió a acariciar al dragón y vio que no pasaba nada.

La bestia se rindió al cariño de la mano del niño. Tobías sentía cómo la naturaleza había creado esa bestia para protegerlo. El dragón con sus garras y sus grandes alas asustaría a las pequeñas lagartijas que abundaban en sus pesadillas.

—No, hijo. Tenemos que partir antes de que anochezca.

—Yo quiero vivir también contigo —dijo el niño y apretó fuerte su chaqueta.

Al padre le dolió ese abrazo más de la cuenta. Su hijo pedía a gritos lo que un juez le había negado.

—No puede ser —dijo el hombre entre lágrimas—. No deberíamos estar aquí o te perderé para siempre.

Nada, ni tan siquiera el dragón, podría suplantar la ausencia de su padre cuando fuera entregado a su madre.

El hombre aspiró el olor de su hijo que olía a un sudor suave. Entonces, oyó un fuerte estruendo debido a un estornudo del dragón que se había emocionado.  Ahora fue un padre asustado quien tiró de Tobías para llevarlo hacia la salida de la cueva.


Por más que lo intentaron, se encontraron con una salida tapiada. Diferentes rocas habían caído de la montaña y eran imposibles de mover. Ni tan siquiera el dragón pudo hacerlo, que se había propuesto ayudarles.

—Deseé con todas mis fuerzas que eso pasara…

—Vamos —dijo el padre y se dio la vuelta—. Tenemos que encontrar otra salida.

Encontraron una larga galería que conducía hacia otro lugar, pero tampoco existía salida para su desesperación.


Durante la primera noche que pasó en la cueva, el padre se atrevió a pensar en ella, en el sufrimiento que le ocasionaría perder a su único hijo. Hasta hacía poco era su mujer y, mientras su relación se quebraba, Tobías sufría las consecuencias más tristes. Nadie sabría que había raptado a su pequeño para retenerlo unos instantes más, antes de que la separación se hiciera más que evidente. Siempre había tenido intención de devolverlo.

Estuvo días gritando ayuda, pero solo los animales habitaban en el bosque y nadie les auxiliaría.

Fueron noches en las que la magia y la compañía de aquel reptil estuvieron presentes hasta su muerte.

Al cabo de unos pocos días, exhausto y desnutrido, Tobías se subió al dragón y le susurró su último deseo:

—Enséñame a volar.

Con los ojos húmedos porque sabía que ninguno de los tres tenía escapatoria, el dragón movió sus alas y de esa forma, Tobías se despidió del mundo y se convirtió en espíritu de aquella cueva.

Roto de dolor, el padre se quedó en un rincón, porque algo le impedía abrazar el cuerpo inerte de su hijo. Y de su desesperación brotó esperanza cuando comprendió que él se convertiría en guardián del dragón a la espera que alguien descubriera aquella guarida perdida entre las montañas.

Fueron sus lágrimas las que filtrándose por el suelo, las que cayendo una a una como estalactitas errantes, abrieron con los años otra salida camino hacia la vida.

® Helena Sauras Matheu

Photo by Eugenio Felix on Pexels.com

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.