La ofensa

—¿Por qué tengo que leer, mamá?

La mujer meditó la contestación. El niño había puesto en marcha en su mente el recuerdo de sus tiempos colegiales. ¿Cómo podía explicarle a su hijo que fue la peor estudiante de su clase?

El niño esperaba una respuesta y Daniela aprovechó para sonreír y liberar tensión. La portada de aquel libro no invitaba a leer en aquel mundo de nuevas tecnologías en que los sobreestímulos invadían. No sabía por qué se lo habían hecho comprar. Quizás para que no recogiera polvo en cualquier almacén perdido. Hasta aquí, nada nuevo.

Daniela se puso nerviosa. Tenía poco tiempo para contestar antes de ponerse a hacer la cena. Recordó cómo las lecturas obligatorias mataban la lectura en mayúsculas. Ella estaba durmiendo en clase precisamente cuando su maestra la castigó. Estaba cansada aquel día en el que había tenido más ajetreo que de costumbre. Su vida transcurría llena de obligaciones. Tenía demasiados hermanos pequeños y sus padres la consideraron mayor desde casi el momento en que nació.

La maestra la llevó a un cuarto oscuro y la encerró allí. Cuando los ojos de Daniela fueron acostumbrándose a la oscuridad, se dio cuenta que estaba envuelta de páginas polvorientas. Las que nadie ya leía. Sus padres nunca le compraban libros, porque decían que eran caros y no estaban para tonterías. Ahora los tenía a su alcance, pero no tenía luz para leerlos.

Daniela supo que tenía que volver allí. Se las ingenió para hurtarle a su padre una linterna. Y a partir de ese momento, empezó a comportarse mal en clase. La maestra la castigaba y la llevaba a aquella biblioteca olvidada.

La niña, con la linterna apuntando en las hojas de papel, descubrió su vocación por las aventuras. Fueron días de constantes idas y venidas a aquel lugar donde podía ser alguien distinto. De esa manera, Daniela se evadía de su mundo y de la enfermedad que sufría su madre, que acabó muriendo pocos meses después.

Después de ese trágico final, Daniela no pudo volver a la escuela. Como su comportamiento nunca había sido ejemplar para nadie, su maestra no movió un dedo para convencer al padre de que continuara los estudios.

Una responsabilidad máxima había recaído sobre ella y tuvo que cuidar de su familia. No tenía tiempo para leer y se sumió en una niebla profunda en la que permaneció durante mucho tiempo. Daniela creyó que nunca saldría de esa depresión hasta que conoció a un bibliotecario de su ciudad años después. Este le recomendó que continuara sus estudios y así Daniela pudo acceder a la universidad.

Su hijo insistió con su pregunta, escrutándola con esos ojillos pícaros. Daniela le respondió:

—Hijo, porque si no lees, te ofendes a ti mismo. Y tu amor propio quedará herido.

—Pero yo quiero jugar con el móvil.

Daniela no entendía cómo un simple juego de un gorila podía ser más divertido que leer. A lo mejor no tenía en sus manos el libro apropiado para aquel momento. Se quedó pensativa y dejó el libro sobre la mesa del estudio.

—Elígelo tú —dijo Daniela señalando la enorme estantería.

La mujer había tenido tiempo para formarse una pequeña biblioteca desde que tuvo su primer trabajo. Para ella, comprar libros era una necesidad, alimento para su espíritu.

Sabía que desarrollar el hábito de la lectura no era cuestión de un día. Miró a su hijo mientras elegía un volumen de una colección de cuentos y empezaba a leerlo. Era una aventura que le acompañaría toda la vida si sabía picarle la curiosidad con suficiente ingenio. Y ella estaba preparada para hacerlo.

Antes de salir del cuarto, Daniela dijo:

—Cuando lo acabes, seguro que esta historia no te dejará indiferente. Y te hará crecer un poco más. La imaginación no tiene límites.

Al cabo de media hora, el niño se había sumergido en la historia y no podía dejar el libro.

La madre se fue a preparar la cena satisfecha. Cuando volvió, su hijo estaba terminando la lectura y tenía ganas de continuar con la colección de cuentos.

Ese momento inicial había sido un buen comienzo que marcaría a partir de ahora la tónica de sus ratos libres. Su hijo se estaba aficionando a la lectura y esto se reflejaría en su boletín académico y en su manera de expresarse meses después.  Daniela no podía creer cómo el niño había olvidado por completo los juegos del móvil, porque seguramente no los necesitaba.

MI PARTICIPACIÓN EN EL TALLER LITERARIO DE LITERAUTAS Nº 58
(FEBRERO 2019)


Entre las letras de los cuentos

Vídeo

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 4: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Entre las letras de los cuentos,
personajes imaginarios alcancé:
hadas en castillos de cristal atrapadas,
príncipes que trepaban torres,
obstáculos varios en mazmorras diseñadas
para quedarse. Las páginas volaban en mis manos,
una tras otra, deslizándose de mis diminutos dedos.
Terrible era el inicio, en un conflicto se encontraba
el protagonista; dulce el desenlace para el paladar.
Y otro sueño exigente, me estimulaba la imaginación.
Otro cuento más, y otro al compás,
y otro único, y exclusivo para mí, sin los demás.
Desdichados personajes, ricos en acción,
haciendo malabares para entretenerme.
Amigos invisibles me tendieron la mano para cruzar el umbral
de la inocencia cándida. Desenredando conflictos,
deshojando cuentos, me sorprendió otra primavera.
Marzo hacía crecer el día hacia ella. La vida pululaba
a mi alrededor. ¡Cuanta magia me tocaba entera!
El hechizo de las flores me hizo respirar el jardín
del abril con la varita de mis ideas.
Y entre sus letras y su magia…. Crecí.

Helena Sauras