Se alegraba de tener derecho a la educación, de poder asistir a clase y eso lo transmitía con una sonrisa que la acercaba a la felicidad.
Ser feliz en aquel país era sencillo, ya que seguir las pautas de aquella maestra era tocar el cielo. Compartir nuevas enseñanzas con los compañeros de su clase era lo mejor del aprendizaje.
Aunque se esforzara lo más que podía, no quería llegar muy lejos y que la avanzaran de clase, porque se sentía a gusto entre los demás. A lo mejor un día próximo tendrían que separarse, pero no quería pensar en ello. De momento, quería aprovechar cada instante que estaba configurado de las mejores oportunidades.
Si destacaba y la alababan se sonrojaba sin poderlo evitar. Estaba orgullosa de sus progresos. Ya llevaba unos cinco años y se había integrado completamente. Poco a poco, la nostalgia por su país ya no la invadía, aunque nunca olvidaba de donde procedía. Si sus padres insinuaban que regresarían algún día para quedarse, algo parecido a la pena se instalaba en corazón y le duraba durante días. No quería contradecirles, pero cada vez que sacaban el tema, pedía con fervor de que no fuera así.
¿Qué futuro le esperaba allí? A veces soñaba con implantar lo que había aprendido, pero luego recordaba que no existía el derecho a la educación para personas como ella.
® Helena Sauras

