Cuatro historias, un destino: NIEVES

Estos días ando loca con los preparativos. Quiero que todo este a punto y que no falle nada. Me he adelgazado estos últimos días por los nervios y me han tenido que retocar el vestido, porque me hacía alguna que otra bolsa. «Come», me decía mi madre. Pero la comida se me quedaba retenida en la boca y no había forma de tragarla. Y aunque coma, igual adelgazo.

Estoy abriendo muchos regalos estos días con Óscar, que se negó a poner un número de cuenta en las invitaciones de boda. Mis abuelos nos han regalado el viaje de luna de miel. Iremos a Italia. Mis amigas no entienden por qué voy tan cerca, pero yo necesito impregnarme de historia. Hace poco que terminé historia del arte, pero ahora estoy trabajando como administrativa, porque no he encontrado trabajo de lo que estudié. Las horas trabajando me pasan lentas y yo querría estar en un museo, porque es mi sueño. Óscar me anima a enviar currículums y yo, claro que lo hago, pero de momento no he recibido ni una sola llamada.

El día en el que lo conocí, el mundo se detuvo durante unos momentos. Había ido a ver una película al cine y Óscar se encontraba en la fila. Me fijé en su figura desde lejos, y pensé que no me importaría conocerlo y el azar jugó a mi favor, porque cuando me senté en la butaca numerada, lo tenía a mi lado. De cerca, aprecié sus rizos castaños y su boca carnosa, pero entonces apagaron las luces y de sus ojos casi ni me fijé. La película avanzaba y, como era triste, y yo además estaba sensible, se me escapaban las lágrimas que se deslizaban y me caían en el vestido. Cuando encendieron las luces, yo tenía la cara irritada como un mapa de tanta lágrima que había derramado. «No llores, las lágrimas no te dejaran ver el bosque», escuché. Y entonces, sí que me pude fijar en sus ojos castaños con algunas motas de color verde, que me recordaron las hojas de los árboles, y pensé que si él fuera bosque no me importaría pasarme la vida a su lado.

Fue un amor a primera vista repentino. La película ya mostraba los créditos, pero yo no me movía de la butaca, que sentía que había cogido la forma de mi cuerpo. Al final, el supervisor, vino para decirnos que, si queríamos ver otra sesión, tendríamos que volver a pagar. Me levanté como pude y en la puerta del cine aún estaba él, y me invitó a cenar.

Cuando me di cuenta, estaba en su piso y ya eran las cinco de la mañana. Habíamos cenado comida china y después habíamos estado hablando en el sofá ocre del comedor. Era profesor de filosofía y su vida me pareció interesante. Con dieciocho años cumplidos desde hacía poco, me dejé alumbrar por sus palabras, que me trasladaron a su dormitorio. Lo hicimos sobre la cama. Fue breve, pero intenso. Y me acarició como nadie antes lo había hecho. A la mañana siguiente, pensé que no me volvería a llamar, pero me equivoqué. Por la noche, ya tenía una llamada suya en el buzón de voz y desde entonces no nos hemos separado. Hasta hemos programado un futuro en común. Nos casaremos el sábado que viene e iremos a vivir en una casa con jardín que hemos estado preparando con dedicación durante los últimos meses. Mis amigas me han repetido diversas veces que he tenido suerte. «Los sueños a veces se cumplen», me decía mi madre. Y yo pienso que sí, ojalá me llamen para trabajar en un museo también.

Ahora llaman a la puerta. Seguro que son ellas. Será el último fin de semana de soltera y pienso saborearlo. Hasta ha venido Olga, casi no la conozco con esta falda verde que le resalta sus curvas femeninas a más no poder. Será una noche para recordar viejos tiempos. Madre mía. Han puesto música y me están cantando. ¡Qué vergüenza! Algunos vecinos han salido a la escalera porque no están acostumbrados a tanto escándalo. Perdonad, ¡ya nos vamos!

Cuatro historias, un destino: OLGA

Cuatro historias, un destino: SONIA

Cuatro historias, un destino: LAURA

Continuará…