Imploro un latido

Otoño, narrando autobiografía del más allá

POEMA 14: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Imploro un latido en algún lugar,
que me haga sentir el juego jovial,
que vivía en ti. Ya no vivo, mas no muero.
Estoy rodando en un limbo, enrollada en un tronco,
disolviendo la savia, que corre, y crece.
Mantengo tu mano agarrada. Mis venas se dispersan;
incompleta mi vida, inconcebible mi razón que pierdo,
con cada vuelta de tuerca. Más allá de la finita sombra,
había un laurel que coronaba mis cabellos.
No soy tu reina, porque mis ojos de ninfa te enamoraron
demasiado. ¡Uy, qué penetrantes eran! Se respiraban rayos
a través de su sombra, inspirada en su brillante espesor.
Fue imposible nuestro amor, porque ojerosa
ya no dormí, desde que quejumbrosa, te conocí.

Únicamente imploré un latido al aire, a la distancia, al viento
embrollado que tenía que venir disparando flechas aladas.
Y tú, no sé si lo escuchaste desde algún breve montículo, pero
apareciste de repente y me robaste el último beso.

Me pesaba tu suspiro

Otoño, narrando autobiografía del más allá

POEMA 13: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Tu suspiro pesaba más que el aire,
más que el viento de esta tierra,
que desordena travieso los olivos.
Más que nada, me pesaba tu suspiro.

Desalmada, cada vez que el peligro
desafiaba el riesgo que corrías.
Contenta, cuando volvías con la motocicleta.
¡Qué desagrado tan grande cuando la compraste!

Desamparada, por el miedo que te apuntaba,
creyendo que no era más que una flojera de las mías.
¡Y qué descanso cuando ponías los pies en el suelo!
Intuición que flotaba en el aire, diré que fue,
por no llamarlo de otra manera.

Tu índole no era ser veloz,
pero el viento te arrastraba volando
como a una hoja seca.
Aquel día nublado, quise acompañarte,
clavé mis pechos en tu espalda,
y me agarré fuerte.

La fuerza temprana del viento,
la fina lluvia que caía en los talones,
mojando la tierra a cal y canto
aquella brusca y pronunciada curva,
y el Ebro, impasible, cuando reflejó
dos faros que vimos demasiado tarde.

Salté por los aires,
por los vientos de nuestra tierra desordenada,
un remolino me agitaba ahogándome,
imprevista la tempestad que lloraba,
y las campanas repiquetearon doce cantos
de un sino que destejía nuestro cuento de hadas.