CUIDADO CON EL MIEDO

Dos unicornios y un dragón valiente habitaban en el mundo de Manolo. El niño era feliz cuando se abstraía y, mientras jugaba, no los oía. Sus hermanos, algo mayores y alejados de este mundo fantástico que no comprendían, preferían jugar a las cartas. Una triste baraja iluminaba sus ratos libres, porque no podían estudiar con tanta pelea.

Cuando Manolo miraba esa bola de fuego del firmamento y se concentraba, su sombra quedaba detrás de él. Entonces veía el jardín tal como era y volvía a la realidad. Desubicado y huérfano de su mundo, intentaba incorporarse en el juego de cartas con sus hermanos.

—¿Vamos a bastos?

—Sí.

—Esta vez seguro que os gano.

Ya estaba harto de perder siempre y empezaban otra partida.

—¿Creéis que algún día dejarán de hacerlo? —preguntaba Manolo después de oír un portazo.

Sus hermanos ponían cara de no saberlo y eso era lo que más angustiaba al niño. Otra vez un ataque de nervios entre sus progenitores en que no se sabía cuándo acabaría. Cada vez, la frecuencia de las discusiones era más corta, hasta que se convirtió en diaria.

—¿Por qué no se separan ya? —decía su hermana a media voz.

***

Su profesora citó a sus padres antes de acabar el trimestre, pero sólo acudió la madre. Manolo había suspendido la mayoría de las asignaturas.

La profesora le tendió el dibujo de la familia que había dibujado el niño, después de insinuarle que era el que más le tenía preocupada.

—Como madre, estás ausente en todos los dibujos que ha hecho. El padre es una iguana. Él se ha dibujado como un dragón y sus hermanos son un par de unicornios que, según él, lo protegen. ¿Hay algún problema en vuestra familia?

La madre protestó con voz ronca y a la defensiva:

—Como en todas, mire usted. Mi niño es muy imaginativo.

—Ni que lo diga. Puede que le falte alguna responsabilidad. Se pasa las clases mirando por la ventana y en babia.

—¿Qué sugiere?

—Algo palpable. Podríais regalarle una mascota para que le coja cariño y huya de su mundo imaginario.

—Veré lo que puedo hacer.

***

La madre aquella misma tarde fue a comprar un cachorro y se lo regaló. Manolo, al sentir el hocico entre sus sandalias, le dijo entusiasmado:

—Mamá, cuando crezca Teo y le salgan bien los dientes, te va a proteger de papá. Y yo se lo voy a enseñar.

La madre se precipitó para taparle la boca a su hijo. Las paredes oían en aquella casa y ella estaba aterrorizada. Llevaba años paralizada y sin saber actuar. Había ido perdiendo el respeto hacia sí misma.

Desde entonces, observaba cómo crecía Teo y se alegraba de que cada día estuviera más fuerte. Cuanto más brillaban los dientes del perro, la madre sentía cómo las paredes de su hogar se ensanchaban. Algún día tendría que plantarle cara al miedo y despegar sus alas.

Manolo no paró de entrenarlo. Su juego favorito había cambiado y ya no se sumergía en su mundo. Esperaba dejar de oír portazos, gritos, empujones y objetos volando hasta romperse contra el suelo. En sus manos estaba el poder de cambiar el destino de su madre. Si había otra amenaza, Teo se rebelaría.

Y llegó el día en que Teo estuvo preparado.

A la próxima falta de respeto hacia su madre, hincó los dientes en las piernas del padre hasta desgarrárselas. El hombre aulló de dolor y quiso vengarse matando al perro, pero se encontró con la firmeza de sus hijos, que defendieron a la madre y a Teo.

—Cuidado con el padre —dijo el hermano mayor.

—Sí, voy a llamar a la policía.

Y Manolo pensó que, por primera vez, se atrevería a dibujar a su madre. Lo haría esa misma noche, entre el silencio de las sombras; para mostrarlo a todos a la mañana siguiente, a plena luz del día.

MI PARTICIPACIÓN EN EL TALLER DE LITERAUTAS Nº 57,

ENERO 2019

Imagen Creative Commons de Diogo Machado en FlickR

Un drama muy familiar

A las tres de la madrugada se escuchó un grito que provenía del sótano de la vivienda. Nadie más podía saberlo, pero el experimento había salido mal. Otra vez.

Se despertó angustiado y, camino al sótano, se encontró de frente a su hija Lucía. Llevaba la blusa desabrochada y las mejillas todavía le ardían con un fulgor desconocido. Joaquín se resistió a comprender que su niña había dejado de serlo. Ella, ante su gesto de desconcierto, se deslizó rápida y fue directa a su habitación que cerró con cerrojo.

Por más que el padre gritara y aporreara la puerta, Lucía no saldría del cuarto.

Pero había alguien más en aquella vivienda y Joaquín tendría que descubrirlo. Se armó de valor y bajó a aquel sótano que olía a tabaco.

—Vuelve, Lucía… Volveremos a intentarlo cuando…

Fermín se encontró con los ojos severos de su tío. Se vistió lo más deprisa que pudo, olvidando el mechero y el tabaco. Aceleró sus deportivas y salió de allí pitando.

Joaquín todavía estuvo un buen rato en aquel sótano. Deslizó su mirada por aquellas cuatro paredes desnudas, las sentía tan cercanas que atizaban sus recuerdos.

Tapó la sangre todavía fresca de las sábanas con un trozo de manta y, supo que prohibir no era la actitud indicada para destruir aquel amor salvaje. Ellos, dieciséis años antes, tampoco habían podido.

La tentación le hizo encenderse un cigarro y rompió así su promesa de haberlo dejado antes. Otra vez, la historia se repetía en su familia:

—¡Maldita sea mi vida! Mi mujer se suicidó al enterarse de mi historia con la madre de Fermín. ¡Y yo soy el único culpable! Y ahora mis hijos… ¡Nadie puede sobrevivir a esto!

Hundió sus puños en aquel cutre colchón. Después, desolado, cogió el mechero, lo acercó a un trozo de tela y esperó.

A las seis de la madrugada un incendio, que provenía de aquel sótano, hizo salir a Lucía de su cuarto. Gritó el nombre de su padre repetidas veces, pero este ya no contestó.

La adolescente consiguió salir de la vivienda y pidió ayuda. Los bomberos llegaron.

***

Después de todo aquello y de la muerte de Joaquín, por lo contrario, a lo que pudiera pensarse, Lucía y Fermín no dejaron de verse.  Cada fin de semana, se reencontraban para continuar con el experimento, un eufemismo que el chico utilizaba para referirse al acto sexual.

Estaban bien juntos menos cuando Lucía recordaba el día en el que perdió su virginidad, porque le venía a la memoria tal nube de ausencia, que se sumía en tristeza absoluta durante varios días.

Al ver las lágrimas, al muchacho le recordaban a su propia madre y, el decaimiento que la acabó ahogando de pena. Pero Lucía, por mucho que lo intentaba, era incapaz de retenerlas y arrasaban su encanto a su paso. Eran la culpa sepultada al máximo y, aflorando sin remedio, en su amor prohibido. Fermín se iba y la dejaba sola.

Aquella última tarde que se vieron, Fermín la hizo salir a tomar algo. Después de beber en un bar, en plena calle la llevó a un discreto rincón y la besó.

Cuando aquel beso de noviembre se prolongó más de lo habitual, Lucía se temió lo peor. Olió la despedida a la legua y, en contra de la luz solar de aquel atardecer, entrelazó sus manos entre las suyas para amarrarlo un instante más, sintiéndose dueña de su tiempo. Al separarse, solo el frío húmedo del ambiente la devolvió a la realidad y, recordó que no tenía más poder sobre él.

—Tu pena me ahoga, Lucía —confesó Fermín nervioso al separarse—. Necesito tomarme un tiempo.

Una congoja, instalada en su garganta, impidió hablar a Lucía. Las lágrimas tampoco afloraron en aquel momento, pero se sentía empapada por aquel ambiente que fluía hacia lo temido.

Solo les envolvió un silencio, denso y cruel, el último que recordarían recurrentemente como algo doloroso. Y después, derrotados y exhaustos, sin nada que decirse, tomarían direcciones opuestas. Quizás para siempre.

Participación en el Taller de Escritura Literautas nº56

Imagen Creative Commons de Toni Verd en FlickR