Vergüenza rota

No recuerdo nada más vergonzoso en mi familia. Y cómo se descubrió y todo lo que vino después. La formábamos siete personas con los abuelos incluidos. Llevábamos tres años ahorrando para algo que cambiara nuestras vidas. No recuerdo sacrificarme tanto. Nuestras pagas semanales estaban requisadas desde hacía meses. Todo era para ese supuesto viaje que vivíamos con ilusión antes de realizarse.
Todo el mundo era feliz hasta que mi hermano Nico rompió la hucha.
—¿Pero qué haces, animal? —le reprendí—. Ya puedes recoger todo el dinero y dármelo.
Nico se agachó y me dio unas monedas. No llegaban a tres euros.
—¿Y los billetes?
—No había nada más —contestó encogiéndose de hombros.
Mi hermano vio mi cara tan desencajada que se quedó con los hombros encogidos, sin posibilidad de volverlos a su estado natural.
—¿Cómo que no había nada más? ¡Ya verás cuando hable con papá esta noche! ¡Te vas a enterar!
Lo peor de todo es que dudé de él y le pegué un bofetón. Se quedó con una mejilla encendida y las lágrimas rebosaron de sus ojos.

***

Durante la cena intenté contar lo que había pasado.
—No vamos a ir a ningún lugar. ¿No lo entendéis? —dije al fin al borde de las lágrimas—. La hucha estaba vacía.
Mi padre gritaba. Mis abuelos estaban muy decepcionados. Mi hermana Marisa no me dirigía la palabra desde hacía días, pero esta noche hizo una excepción para amenazarme por haber pegado al pequeño de la casa si lo volvía a hacer. Y Nico continuaba sorbiendo mocos, derramando lágrimas y, solo hacía que repetir que había roto la hucha por accidente al tropezar con ella.
El pequeño se abrazó a mi madre. Me fijé en ella. No había abierto la boca en ningún momento y tenía la mirada ausente. Al sentir los brazos de Nico, volvió a la realidad.
—Mamá, ¿dónde está el dinero? —preguntó Nico.
Mi madre, que había sido la última en llegar, que hacía días que siempre se retrasaba a la hora de la cena, contestó:
—Pronto lo recuperaré. Te lo prometo, hijo.
Y aquí fue cuando mi padre estalló:
—¿Ya has vuelto a la casa de apuestas, Merche? ¿Con eso te gastas nuestro futuro?
—Tranquilo, va a volver a terapia —dijo mi abuelo intentando calmar a su yerno.
—¡Para lo que le sirve! —Contratacó mi padre cargando la frase de ironía—. ¡Para juegos estamos!

***

Nadie pegó ojo aquella noche en nuestro hogar. ¿Desde cuándo mi madre era una ludópata? Y recordé discusiones pasadas, gritos, llantos ahogados y, luego la ilusión en la que caímos todos de hacer un viaje prometedor que nos alejara de la ruina.
Claro, era obvio, pensé. El viaje era parte de la terapia. Como aquel que quiere dejar de fumar y, le dicen que todo lo que gasta en tabaco lo destine a una hucha para comprar algo importante, después de un largo tiempo de abstinencia.
Mi madre se había pulido la mayoría de nuestros ahorros en poco tiempo como acabé averiguando. Lo único que el silencio nos acabó rodeando a todos y convertimos el juego en un tema tabú en nuestra casa. No hablamos más del tema entre nosotros.
Seguro que la idea de hacer un viaje todos juntos había salido de mi padre, pero ella necesitaba ayuda profesional. Fui a decírselo, pero había salido. Tampoco encontré a mi madre, aunque oí cómo se cerraba la puerta principal. Me dirigí hacia la salida y la seguí.

***

Anduve varias calles tras ella. Mi madre se dirigía hacia algún lugar que no tardaría en descubrir.
Miró a ambos lados de la calzada y entró en un salón de juego. Todo lo demás había perdido valor para ella.
Luminosa, la tragaperras reclamó su atención con música fascinante. Si ganaba, la máquina aplaudiría y, si no lo hacía, no tardaría en incrementar su ansiedad. Traté de impedirlo, llamándola por su nombre, esperando que sintiera la misma vergüenza que sentía yo.
Pero mi madre, totalmente hipnotizada, insertó una moneda, cruzó los dedos y esperó a que saliera el premio.
Me acerqué. Sonrió de manera bobalicona al verme frente a ella como si yo fuera una salvación. Enmudecí y la abracé.
Mi madre llevaba años rota y como un autómata depositó otra moneda. Fue rápida al deshacerse de mis brazos y no pude impedírselo. Después me miró reclamando complicidad.
De repente, la tragaperras enmudeció breves segundos y acabamos oyendo aplausos.

Participación en el taller nº 55 de Literautas

Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR

Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR

La sorpresa

El hombre iba por su tercer vaso cuando Ester entró. La mujer, sencilla y soñadora, se ceñía el albornoz sosteniendo con los dientes el cordón. Su cabeza caída sobre el pecho era como un garabato castaño de pinceladas extraídas del agua. Mientras se frotaba el cuerpo con el albornoz, vio sobre la rejilla de madera del suelo la sombra de Andrés, parado en el umbral y arrojando la primera piedra al cristal de la ventana.

Con su puntería, el cristal estalló y sorprendió al hombre que paladeaba el gusto áspero de aquel whisky de importación.

¡Se acabó la fiesta! —gritó enfurecido Andrés.

Se fijó en el amante, en su cuerpo de adonis moldeado por las máquinas de un gimnasio cualquiera y en su melena descuidada. Habría podido ser su amigo de la infancia si no les separara más de una década, calculó tristemente mientras le propinaba el primer golpe. No tendría piedad de él.

Un hilo de sangre empezó a fluir y manchó el tórax del amante mientras Ester lloraba con su alma rota de impotencia.

Andrés continuó golpeando al amante hasta que dejó de respirar. Se preguntó cuántas veces se había follado a su mujer en aquella casita perdida en el monte donde ella decía que se iba a descansar. Cuántos cartones de tabaco se habían fumado entre los dos, celebrando sus éxitos y sabiendo de antemano que no serían descubiertos.

No, el tonto de Andrés no estaba para juegos sexuales a la hora de acabar la jornada laboral, metido en su taller, con las manos manchadas de grasa y el cansancio venciéndole en el sofá al terminar el día.

El albornoz había caído por el susto al suelo, y la mujer, completamente desnuda, fue a cubrirse.

¿Dónde crees que vas? No te muevas ni un milímetro, ¿me oyes?

Los ojos de Andrés destilaban una ira retenida durante demasiado tiempo. Su mente estaba haciendo conjeturas con las excusas con las que Ester siempre ponía para no acostarse con él.

La miró con tanta rabia que ella se agachó para esconderse detrás del sofá obviando su advertencia. A lo que él, se acercó a ella, cogió su madeja mojada y la tiró con tanta fuerza que le arrancó algunos cabellos.

¡Ay! —chilló Ester.

Pero Andrés no se apiadó ni un ápice.

Vas a correr la misma suerte que tu amante.

No, eso sí que no… Por favor, Andrés. No es mi amante…

Pero el hombre no hizo caso a sus súplicas. Intentó estrangularla mientras bullía en su interior el desamor que en esos momentos sentía.

Ester solo añoraba escapar de la situación.

Es un pintor a domicilio —logró pronunciar con angustia—. Quería regalarte una pintura mía para tu próximo cumpleaños. Era una sorpresa.

Sabía que a su mujer le gustaban los amores imposibles y, al casarse con él, se convirtió en un sueño alcanzado en donde perdió todo entusiasmo.

Quería encender lo que la convivencia nos ha ido apagando —continuó—. Ya sabes, la llama de nuestra relación…

Pues ahora, la vida nos ha puesto contra las cuerdas. ¿Sabes deshacerte de un cadáver sin dejar rastro?

Su mirada se fundió hacia el mechero que su marido le tendía.

Imagen Creative Commons de Ana N R en FlickR