Cuatro historias, un destino: SONIA

Cada vez que veo a Alba, pienso que mi hijo ahora tendría su edad. No lo puedo olvidar y dudo que algún día lo haga. Hoy la he visto poco, porque no he pasado de la puerta. Olga no quería llegar tarde y ya estaba preparada. Una falda verde y una camiseta marrón claro era la ropa que se había puesto. Las estrenaba. Yo misma le dije que se las probase cuando pasamos por delante del escaparate de la tienda de ropa. Y como no eran piezas demasiado caras, me hizo caso y se las compró. Habíamos salido a escoger el vestido que luciríamos en la boda y al final compramos más ropa de la que necesitamos con la excusa de que había cambio de temporada. No nos pudimos resistir. Ahora hablo por mí, porque Olga hacía tempo que no estrenaba nada nuevo. Siempre llevaba los mismos tejanos que se le habían ido desgastando y habían perdido su color original a fuerza de lavados. Y de camisetas apenas tenía tres, de colores bien diferentes, que iba alternado entre sí porque los tejanos combinaban con todo.

Olga casi no tenía ropa y yo tenía demasiado. Hacía poco que no me cabía en el armario y había tenido que comprar otro, que puse al lado del que ya tenía. Todavía vivo con mis padres y ellos me mantienen. Me queda poco para acabar la carrera y combino mis estudios con un trabajo de monitora de comedor a media jornada. El dinero que gano me cuesta ahorrarlo, pero es lo que hay. Soy una compradora compulsiva, como me dice Olga, que desde que estudia psicología no cesa de clasificar las personas según diferentes patologías que aparecen descritas en los libros. Compulsiva o no, me gusta ir a la última moda. Lo que tengo lo acabo aburriendo al cabo de poco y siempre necesito tener cosas nuevas. El sueldo no me da para mucho, no os penséis, pero siempre acabo comprando ofertas que considero interesantes. «Tienes un agujero en los bolsillos», me dice mi madre y creo que tiene razón.

Cuando veo a Olga con su niña, pienso que mi vida hubiera sido distinta si hubiera seguido su camino. Porque yo también me quedé embarazada a los diecisiete. Nuestras vidas, sin programarlo, se entrecruzaron, pero cogimos caminos bien diferentes. Ella cogió el camino difícil, el de subir una criatura y yo el más fácil, por llamarlo de alguna manera.

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Aborté sin que nadie lo supiera. Solo mi madre que puso el grito en el cielo y entre silencios me llevó a una clínica aquel verano de 2007. Hacía calor, pero yo solo tenía frío, escalofríos que recorrían mi cuerpo que estaba tenso y duro como una piedra. «Relájate», me dijo la enfermera y yo solo podía ver sus ojos duros, de hielo, que aún me hicieron venir más frío y acabé cerrando los ojos para no ver nada más.

La intervención fue rápida. Enseguida salí a la calle con mi madre que casi no me dirigió la palabra durante en el trayecto en coche. Ella conducía, atenta a la carretera, y yo agradecí ese silencio. A veces las palabras sobran.

Miraba el paisaje mientas pensaba en Pepe y la cara dura que tenía. Cuando supo sobre mi embarazo, me dejó. Y todavía me hizo sentir culpable por no haberme tomado la pastilla del día después. Como si él no tuviera nada que ver. Pasó de todo y se fue con su moto cagando leches. Me dejó con la palabra en la boca y eso nunca se lo perdonaré.

Cuando llegué a casa y me fui a la cama a descansar, mi padre, que vivía en otro mundo, me preguntó qué habíamos comprado en las rebajas, porque él se pensaba que habíamos ido de compras. Fue entonces cuando me entraron ganas de llorar y, entre lágrimas, le dije que nada y él no lo comprendió. «Cosas de mujeres», le dijo mi madre y creo que él se pensó que no había comprado nada, porque no había encontrado una talla que me gustara. Se fue al sofá y yo me quedé en la cama, soplando y sollozando, porque el frío no desaparecía. Por la noche no pude dormir y eso que mentalmente estaba muy cansada.

A la mañana siguiente vinieron Olga y Laura a verme. Olga llevaba un vestido ancho de color azul celeste, y yo pensé que, entre aquel trozo de cielo de tela había un feto, y tuve ganas de apartarme. Olga nunca entendió porque la rehuí durante todo su embarazo, ni tampoco Laura. Hacía campana y ya no estudiaba. Y es que nuestra tutora también estaba embarazada y decidí no ir más a clase. Y entre fiesta, discos y música, acabé repitiendo curso.

Laura sí que aprobó y se fue a estudiar publicidad y yo puse codos en el curso siguiente para sacarme el bachillerato. Pude entrar en magisterio y ahora estoy haciendo las prácticas. Siento que mi vida transcurre entre niños que podrían ser míos y no lo son. De momento no tengo pareja estable, pero espero algún día ser madre.

Dicen que en las bodas se conoce a gente interesante y, ahora que se aproxima la de Nieves, cruzaré los dedos. Me pondré un vestido rojo de seda que me pareció muy elegante y los zapatos negros de tacón de aguja. ¡Quién sabe lo que me espera en esta vida!

Ahora Olga y yo vamos a buscar a Laura. Iremos en mi coche. Ya debe estar esperándonos desde hace rato.

Cuatro historias, un destino: Olga

Continuará…

Oscuridad

El hombre se transformó en máquina y, poco después, dejó de trabajar. En la Tierra quedaban algunos seres humanos que no se habían convertido al mundo de las máquinas y se resistían a desaparecer. Vagaban como zombis por las ciudades sin saber qué buscaban.


Kelly Morton, superviviente de aquel mundo en ruinas, vivía en un edificio abandonado. Los restos de su historia estaban sumergidos en el lago que había alrededor de lo que ahora era su hogar. Había tirado lo que tenía para continuar consumiendo, hasta que la producción se paró por completo. Por falta de energía, según decían las malas lenguas.

Kelly solo recordaba haber visto el sol en su infancia. Vivía en el edificio a tientas y había desarrollado todos los sentidos menos el de la vista. Lo poco que comía lo encontraba en el vertedero de la esquina. Unos pequeños robots, de los pocos que quedaban con batería auto recargable, separaban el plástico incrustado en lo orgánico y tenía que ir rápido a recogerlo antes de que cualquier espabilado le quitara la comida de la boca.

Todo ese instinto de supervivencia le generaba tanto estrés que la mayor parte del día lo pasaba escondida en el sótano del edificio. Allí seguro que no la encontrarían, pero la humedad resentía sus pulmones ya castigados durante décadas por el humo del tabaco.

A veces, cuando el terror la sobrecogía tosiendo, contaba los días que quedaban hasta desaparecer. Nunca sabría cuando sería el día en concreto. Kelly tampoco es que creyera en nada ni en nadie. No podía aferrarse a ninguna esperanza en aquel abismo llamado Tierra.

«¿Se había cansado su planeta de girar?», se preguntaba cada mañana. En ocasiones le parecía vislumbrar sombras entre los distintos objetos: muebles descompuestos, colchones apilados, montones de escombros. ¿Hacia dónde se había marchado la luz del día? Por las ventanas arrancadas del edificio, a veces se colaba algo de viento. Y la mujer echaba de menos unas botas y reparaba en sus pies descalzos.

En su mundo todo era tan frío como la sonrisa de una máquina. Kelly no conocía ni el amor ni el afecto. Nunca los había tenido por lo que no los echaba en falta, pero a veces en su interior sentía la necesidad de enamorarse. Y recordaba la sensación placentera que le había provocado de niña alguna comedia romántica vista en el cine de su ciudad. «Pero todo era mentira», se decía con nostalgia. Luego se mordía los labios y se sentía muy sola.

Recordaba el individualismo que había poblado su infancia. Todos sus deseos se cumplían en el ámbito material. Y cuanto más tenía, más quería. El ciclo de su vida había sido una rueda capitalista. Y ya nadie controlaba la situación.

Aquella noche se despertó sobresaltada y oyó como varios robots habían entrado en el edificio abandonado. De algún sitio habían conseguido más energía y la convertían para moverse a su antojo. Kelly dio un grito de pavor al intuir cómo uno de ellos se acercaba e intentaba fusionarse con ella.

Al principio se resistió clavando sus uñas, pero solo acabó sintiendo dolor en los dedos y la máquina ni se inmutó. Kelly le escupió y después, clavó sus dientes en el robot, pero por su boca, sintió como la metamorfosis empezaba a materializarse.

Sintió cómo el agua de su cuerpo se evaporaba y se contaminó de números y de información ininteligible para ella. Se estaba secando a cada segundo, como si cada poro de su piel fuera arena del desierto más austero. A cambio de un cerebro seco, recibió una numeración de dígitos en serie. Un chip se incrustó en su abdomen y dejó de sentir dolor.

Ya nunca se enamoraría, como si el amor importara ya.  Como si la vida nunca se hubiese devorado a sí misma para subsistir… Supo que ya no tendría hijos y dejó de respirar aliviada. No habría un manuscrito del tercer origen, porque su planeta ya no tenía solución.

MI PARTICIPACIÓN EN TALLER LITERAUTAS Nº 59

MARZO 2019