Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Entré en la casa de mi infancia, dejé la maleta en el suelo y me apoyé en el marco de la ventana con la intención de abrirla. Quería ver de cerca los prados verdes, los mismos que me habían saludado al llegar al pueblo. No recordaba con precisión la última vez que había estado allí.

—Búscate…

Y entonces me fijé en una figurita que había en el estante superior del mueble del comedor.  Era un hada que había ganado en un certamen literario de fantasía. Evoqué el instante en la que la había conseguido. Mi padre me animó a presentarme en aquel concurso y ahora ya no quedaba ni un ápice de magia. Mientras abría la maleta y sacaba una urna llena de cenizas, maldije lo injusta que era la vida. Lamenté haberme refugiado entre trabajos, archivos y cuentas en los últimos años.

Cuando pude ir al hospital y recoger sus pertenencias, todo se desgarró dentro de mí. Me entregaron una bolsa de plástico en la que había una estilográfica, un reloj que ya no funcionaba y un ordenador portátil. Cuando lo encendí, descubrí cómo mi padre había coleccionado las imágenes que le había compartido de mis viajes. Me encontré con mi vida digitalizada. Las había clasificado minuciosamente en carpetas y se había encargado de organizar todo mi caos interior. Al final, tras su jubilación se había decidido a hacer aquel cursillo de informática donde supuse que le habían enseñado a desenvolverse con los ordenadores.

Observé cómo las alas del hada se movían y empezaban a volar hacia mí. Pensé que todo era fruto de una alucinación provocada por el cansancio de los últimos días. Me tumbé en la cama e intenté dormir. Aquella noche soñé que llovían piedras. El cielo derrumbaba mi pesar sobre la tierra. Una sacudida de mi teléfono móvil me despertó. El hada empezó a hablar con su vocecilla cantarina. Y yo no sabía qué buscar ni qué encontrar. Dudé de todo. Quería despertar de la pesadilla en que se había convertido mi vida.

Al final y tras escucharla, derribé al culpable de todos mis males, el ladrón de mi tiempo. Cogí el teléfono móvil y lo tiré por el wáter. Nunca he sentido tanta liberación como en este instante. Con él, se fueron los momentos en los que estaba ausente, conectado con seres virtuales y alejado de mi familia.

Al terminar, el hada me sugirió que saliera al huerto y hundiera mis manos en la tierra. Y así lo hice. La había heredado y, lejos de lo material, me sentí más animado cuando contemplé cómo mis manos se hundían entre mis raíces y éstas alejaban mis penas. Poco a poco, me fui convirtiendo en árbol y pude respirar sin angustia tras la transformación. El hada se posó en una rama, se columpió en mi nueva vida y felizmente auguró:

—La lluvia que comienza limpiará tus nuevas hojas que renacerán en primavera.

Y me sentí pleno al sentir las primeras gotas. Las ramas bailaron al son del último día de marzo y empecé a recobrar más vida en abril, y hoja a hoja, llené el huerto de algo propio. Sabía que tardaría en dar frutos, pero fortalecería primero las raíces, porque de ellas dependía mi futuro.

«Puede que alguna familia se instale en mi propiedad en los tiempos venideros y me sienta mimado por ellos, les daré sombra año tras año. Me encargaré de protegerlos y les cuidaré con mis frutos. Quizá no esté todo perdido. Puede que haya encontrado por fin mi lugar en el mundo», pensé mientras las raíces absorbían los nutrientes de aquella tierra fértil.

Photo by Daniel Watson on Pexels.com

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