Cuatro historias, un destino: EL DESTINO

Olga, Sonia y Laura habían reservado el bar donde desayunaban cuando iban al instituto para hacer la cena de despedida. Aquel lugar las abocó a una serie de recuerdos que fueron surgiendo conforme avanzaba la noche. Entre risas, le hicieron un pequeño homenaje a Nieves, un collage de fotos donde salían las cuatro amigas desde sus inicios hasta la actualidad. La idea, aunque poco original, había sido de Laura que se había pasado horas enteras retocando las fotos en el ordenador, y Sonia le había escrito un poema tierno. La música era cosa de Olga que había grabado diversos CD con canciones que escuchaban en aquella época.

Nieves se emocionó y su emoción se trasladó a sus amigas que acabaron llorando. Quien lloró más fue Laura y con las manos temblorosas acabó derramando la Coca-Cola que le acabó mojando su vestido violeta.

Bien entrada la noche, abandonaron el bar y se fueron a bailar a la discoteca que hacía tiempo que no pisaban. Entre focos, ritmos y música, entraron en otra dimensión. Quien bailó más fue Olga que sintió cómo sus pies se movían solos, hacía tiempo que no experimentaba esa clase de libertad. De cuando en cuando, iban a la barra a beber un cóctel dulce, todas menos Sonia que se privó de beber alcohol porque era la que conducía. Ella era la que iba varias veces a la entrada de la discoteca para poder fumar. Laura la acompañaba. Aquella noche fumaba más que nunca, aspirando con fuerza el cigarrillo como si fuera el último de su vida.

Sonia le preguntó a Laura repetidas veces qué narices le pasaba, pero ella se negaba a responder. Tenía la mirada empañada y Sonia no pudo descifrarla, pero sabía que algo le pasaba. Laura sudaba deprisa, pero las manos las tenía heladas. El alcohol le iba entrando y, poco a poco, se le instauraba en la mente que abandonaba por unos momentos la realidad y le quedaba una sonrisa tonta. Nieves, rodeada de felicidad, también bailaba y contaba mentalmente los pocos momentos que le quedaban para casarse.

Al final, las luces de la discoteca se encendieron, indicando el final de la noche. Los ojos de las cuatro amigas se deslumbraron por la intensidad. Salieron y fueron hacia el aparcamiento. Olga subió al asiento del copiloto y Nieves y Laura al asiento trasero. El coche, conducido por Sonia, giró hacia la izquierda y entró en la carretera que las llevaría hacia casa. La música sonaba por los seis altavoces del coche, de una manera suave y discreta. En la recta, Sonia pisó un poco más el acelerador y se confió. La carretera gris se extendía solitaria a las cuatro y media de la madrugada.

Laura cogió las manos de Nieves y las acarició con pequeños movimientos circulares.

—Tengo las manos heladas. Déjame calentármelas con las tuyas —le dijo.

Y Nieves le pasó hasta un poco de su aliento para que las manos alcanzaran una temperatura más humana. Laura se sintió vivir con la compañía de Nieves y se quedaron con las manos entrelazadas.

Fue aquel cambio de rasante quien hizo aparecer el destino impasible y cruel. Dos faros se aproximaron al coche de Sonia a una velocidad sorprendente. Hasta que no lo tuvo encima, no lo pudo ver. No pudo frenar y el impacto fue tan colosal que el coche, después de dar varías vueltas de campana, salió disparado de la carretera y se estampó contra el margen derecho, una barrera dura como el mármol.

Al lado del margen había un árbol grande, un roble fuerte e inmóvil, que había perdido algunas de sus hojas. Murieron las cuatro en el acto, apagándose su vida en el instante efímero. Ambulancias, policías y bomberos llegaron al lugar del accidente.

Emilio, que conducía el otro coche, resultó ileso. Dio positivo en el control de alcoholemia ya que la superaba por varios puntos. Lo arrestaron. Pagaría una condena por un hecho irreparable, injusto como la misma vida. Del maletero del coche de Sonia, surgieron diferentes fotos arrugadas, que arrastradas por un viento suave que empezaba a soplar, acabarían debajo del roble.

Ese roble estaría lleno de flores variadas durante los próximos años, recordando el final de la vida de las cuatro amigas. Colores vivos por recordarlas, desde el amanecer hasta la puesta de sol. Y en las noches solitarias, las estrellas brillarían a ratos antes de ser cubiertas por nubes de tormenta entre los pensamientos de añoranza por parte de Óscar, Alberto, Alba y las cuatro madres que nunca aceptaron ese destino. Mirando el cielo las recordarían, y entre los recuerdos rotos, ellas vivirían por unos instantes dentro de la vida de los demás.

FIN

Cuatro historias, un destino: OLGA

Cuatro historias, un destino: SONIA

Cuatro historias, un destino: LAURA

Cuatro historias, un destino: NIEVES

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.