Oscuridad

El hombre se transformó en máquina y, poco después, dejó de trabajar. En la Tierra quedaban algunos seres humanos que no se habían convertido al mundo de las máquinas y se resistían a desaparecer. Vagaban como zombis por las ciudades sin saber qué buscaban.


Kelly Morton, superviviente de aquel mundo en ruinas, vivía en un edificio abandonado. Los restos de su historia estaban sumergidos en el lago que había alrededor de lo que ahora era su hogar. Había tirado lo que tenía para continuar consumiendo, hasta que la producción se paró por completo. Por falta de energía, según decían las malas lenguas.

Kelly solo recordaba haber visto el sol en su infancia. Vivía en el edificio a tientas y había desarrollado todos los sentidos menos el de la vista. Lo poco que comía lo encontraba en el vertedero de la esquina. Unos pequeños robots, de los pocos que quedaban con batería auto recargable, separaban el plástico incrustado en lo orgánico y tenía que ir rápido a recogerlo antes de que cualquier espabilado le quitara la comida de la boca.

Todo ese instinto de supervivencia le generaba tanto estrés que la mayor parte del día lo pasaba escondida en el sótano del edificio. Allí seguro que no la encontrarían, pero la humedad resentía sus pulmones ya castigados durante décadas por el humo del tabaco.

A veces, cuando el terror la sobrecogía tosiendo, contaba los días que quedaban hasta desaparecer. Nunca sabría cuando sería el día en concreto. Kelly tampoco es que creyera en nada ni en nadie. No podía aferrarse a ninguna esperanza en aquel abismo llamado Tierra.

«¿Se había cansado su planeta de girar?», se preguntaba cada mañana. En ocasiones le parecía vislumbrar sombras entre los distintos objetos: muebles descompuestos, colchones apilados, montones de escombros. ¿Hacia dónde se había marchado la luz del día? Por las ventanas arrancadas del edificio, a veces se colaba algo de viento. Y la mujer echaba de menos unas botas y reparaba en sus pies descalzos.

En su mundo todo era tan frío como la sonrisa de una máquina. Kelly no conocía ni el amor ni el afecto. Nunca los había tenido por lo que no los echaba en falta, pero a veces en su interior sentía la necesidad de enamorarse. Y recordaba la sensación placentera que le había provocado de niña alguna comedia romántica vista en el cine de su ciudad. «Pero todo era mentira», se decía con nostalgia. Luego se mordía los labios y se sentía muy sola.

Recordaba el individualismo que había poblado su infancia. Todos sus deseos se cumplían en el ámbito material. Y cuanto más tenía, más quería. El ciclo de su vida había sido una rueda capitalista. Y ya nadie controlaba la situación.

Aquella noche se despertó sobresaltada y oyó como varios robots habían entrado en el edificio abandonado. De algún sitio habían conseguido más energía y la convertían para moverse a su antojo. Kelly dio un grito de pavor al intuir cómo uno de ellos se acercaba e intentaba fusionarse con ella.

Al principio se resistió clavando sus uñas, pero solo acabó sintiendo dolor en los dedos y la máquina ni se inmutó. Kelly le escupió y después, clavó sus dientes en el robot, pero por su boca, sintió como la metamorfosis empezaba a materializarse.

Sintió cómo el agua de su cuerpo se evaporaba y se contaminó de números y de información ininteligible para ella. Se estaba secando a cada segundo, como si cada poro de su piel fuera arena del desierto más austero. A cambio de un cerebro seco, recibió una numeración de dígitos en serie. Un chip se incrustó en su abdomen y dejó de sentir dolor.

Ya nunca se enamoraría, como si el amor importara ya.  Como si la vida nunca se hubiese devorado a sí misma para subsistir… Supo que ya no tendría hijos y dejó de respirar aliviada. No habría un manuscrito del tercer origen, porque su planeta ya no tenía solución.

MI PARTICIPACIÓN EN TALLER LITERAUTAS Nº 59

MARZO 2019

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